II. El Cementerio...

Luego de fumar tranquilamente, sentados sobre piedras en círculo alrededor de los restos apagados de una antigua fogata. Comenzamos a caminar lo que faltaba del bosque para llegar al cementerio. Tomando esa ruta en diagonal nos evitábamos dar un rodeo enorme por los caminos que a esa altura ya no eran pavimentados si no de tierra y piedras. Además un cementerio de noche siempre es más interesante que de día.

Llegamos a la única entrada, pues todo el cementerio estaba rodeado por un grueso y alto muro de adobes cubierto con cal. Abrimos con cierta dificultad los gruesos portones de hierro, ya que los soportes estaban atascados por su largo desuso, las malezas y enredaderas habían crecido entre los barrotes. Fue suficiente con abrir el espacio para que pasara una persona.

El solo hecho de entrar le dio otro aire a la aventura que recién empezaba, ya que se sentía en el ambiente una pesadez, un olor a tierra mohosa, la humedad del musgo que crecía en las tumbas y mausoleos. Pero ya estábamos ahí y nadie iba a dar vuelta atrás.
Hace unos cincuenta años que no se sepultaba a nadie ahí, ya nadie visitaba a sus muertos y las estatuas y cruces de piedra estaban derruidas, sobre todo las cruces, todas estaban destrozadas y los trozos de roca esparcidos por los angostos pasillos.

Caminamos con paso tranquilo, leyendo interesadamente los nombres y las fechas que aún quedaban borrosos en las lápidas, rozaban en las piernas las flores secas que habían quedado puestas en floreros llenos de agua de lluvia putrefacta por los insectos que habían caído en su interior. Por todos lados se escuchaban grillos y se veían grandes arañas.
Anduvimos por los laberínticos pasadizos una media hora, hasta que empezamos a creer que pasábamos una y otra vez por el mismo lugar. Nos fuimos quedando callados, ya no leíamos los nombres ni las fechas, solamente observábamos algunos puntos de referencia, un ángel sin cabeza acá, un mausoleo con su reja entreabierta por allá, un florero roto, un nombre y una fecha. Sin dudas estábamos dando vueltas sin llegar a ningún lugar, todos nos habíamos dado cuenta de esto, pero nadie decía nada.

— Los brujos pierden el camino — Les dije a modo de broma.

Y todos se acercaron, esperaban que alguien rompiera ese silencio que se había producido. Miramos la hora y vimos que los relojes ya iban a dar la medianoche, siempre ocurre algo justo antes de la medianoche.

Nos aprestábamos a encender un nuevo cigarro, cuando una gruesa nube tapó la luna, todos miramos hacia el cielo ya que la nube parecía que había surgido de la nada. Se elevó un viento súbito que apagó la llama del encendedor. Nuevas y grandes nubes llegaron rápidamente y cubrieron las estrellas totalmente. Los pájaros nocturnos se enmudecieron y los grillos y arañas se ocultaron.

Comenzamos a caminar en la oscuridad, nuevamente entre las tumbas, encendimos los restos de unas velas a medio consumir y nos apresuramos a encontrar la salida posterior del cementerio.
A cada paso que dábamos nos parecía ser observados, sentíamos una presencia que nos seguía, que se ocultaba entre las sombras y aunque ninguno de nosotros era cobarde, no esperábamos la hora de encontrar la salida o al menos el muro para treparlo.

Nos sentimos como ratas en una trampa, recorrimos los pasillos, saltamos entre las tumbas bajas y siempre la presencia.

Muy a lo lejos se escuchó una campanada y luego las otras once, un perro aulló y otro lo siguió. Los grillos nuevamente se asomaron y las nubes en el cielo se dispersaron. Apareció detrás de éstas la luna llena y el cementerio se iluminó con esa luz tenue.
El viento se calmó y ya más tranquilos encendimos los cigarros con lo que nos quedaba de las velas.

— Allá esta se ve el portón — Les dije señalando con la mano. Siempre lo tuvimos tan cerca.

Al empezar a caminar para salir al fin. Me pareció ver una figura en uno de los mausoleos que tenía una de sus puertas arrancadas. Me detuve y observé. Me acerqué para poder ver mejor, mientras los otros seguían caminando.

— Vamos, salgamos luego — Me gritaron casi a coro.

Pero me seguí acercando a la puerta, mientras veía que algo parecido a un rostro se ocultaba más adentro. De repente un gran murciélago salió y pasó volando sobre mi cabeza. Tuve que agacharme y al voltearme lo vi volar hacia la oscuridad.

Luego corrí para alcanzar a mis amigos que ya habían empujado el portón de la salida.