III. La Casa de Piedra

Continuamos por los largos potreros que llegaban hasta las faldas de los cerros, con un sentimiento de liviandad en el pecho, el aire dentro del cementerio de un momento a otro se había hecho tan pesado que comprimía hasta el alma.

La luna había vuelto a brillar y el Raco, el viento tibio que baja del Cajón del Maipo, se había llevado las nubes. Llegamos a las últimas casas, pasamos los colmenares, rodeamos una laguna artificial y comenzamos el suave ascenso por los antiguos senderos. Senderos que eran apenas visibles, que se bifurcaban una y otra vez. Nos guiábamos en partes oscuras por bolsas de plástico que habíamos amarrado anteriormente a las ramas de los espinos.

Poco a poco el terreno se fue haciendo más agreste y empinado, ya sumábamos otra hora caminando hacia lo profundo de la quebrada y el sonido lejano del riachuelo se empezaba a escuchar. Un pasadizo por debajo de unos litres, un gran candelabro de cactus, luego un bajo y entre dos eucaliptus y el riachuelo que se acercaba al sendero, llegamos a La Casa de Piedra.

Sin descansar, cada uno se encargó de las preparaciones que siempre realizábamos al llegar a nuestro refugio. Lo primero era encender la fogata al pie de la caverna; ordenar la pata de cabra, que era el armado de tres troncos sobre el fuego para colgar el tarro y hervir agua; despejar las hojas que se acumulaban al interior; prender las velas que quedaban en los tarros de conservas adaptados a manera de lámparas para iluminar el espacio.

Al ir a buscar agua en el tarro y volver me detuve a mirar un momento la luna y pude ver con un poco de dificultad entremedio de las ramas de los altos árboles que un ave, no logré observar con claridad, estaba posada en lo más alto de la inmensa roca que hacía de techo de la caverna. Me llamó la atención de que estuviera tan quieta, como observando los movimientos de los demás.

Dejando el tarro con agua en el suelo, tomé una piedra de tamaño regular y la lancé a la sombra. Me pareció haberla golpeado o al menos haber dado muy cerca, ya que el ave voló y se perdió en la oscuridad de la noche. La piedra dio unos cuantos botes y cayó cerca de los demás.

— ¿Qué pasó? — Preguntó Daniel, volviendo con un gran tronco para el fuego. — Nada — Le contesté. — Creo que nos dejó medio nerviosos el cementerio —.

Esa noche nos sentamos alrededor de la fogata a esperar que el agua hirviera, para tomar un mate y conversamos largamente, sin tocar el tema que habíamos pasado a la medianoche.

Empezó a clarear entre risas, canciones y cigarros. Recién al alba nos refugiamos debajo de la roca. Cada uno se metió a su saco y nos quedamos profundamente dormidos.

Nos quedamos todo el fin de semana en La Casa de Piedra, escribiendo canciones, entrenando artes marciales, pescando en el riachuelo, recorriendo los alrededores y el domingo en la tarde comenzamos a bajar por las quebradas ya conocidas.

Tomamos esta vez, en Las Bodegas de Principal, la micro que nos dejaba en la Plaza de Puente Alto, al llegar nos despedimos haciendo un pacto de silencio por lo ocurrido en el cementerio. Ya que muchas veces nos acompañaban las amigas y no queríamos que sintieran o vivieran lo que nosotros habíamos vivido.