I. El Inicio...

Habíamos tomado el último móvil que salía y todos apretados nos reíamos y bromeábamos. Íbamos seis en el pequeño auto, Fernando, Marco, Daniel, Carlos, Richard y yo Ernest.  Aquella noche de abril nos bajamos del colectivo en el Puente Blanco, a medio camino de Casa de Piedra, faltaban dos horas para medianoche.

No se sentía ni siquiera una suave brisa, la noche estaba clara y tibia, las estrellas se veían muy cercanas en el cielo, y una inmensa luna llena iluminaba la oscuridad. Nos pusimos a caminar de inmediato por el medio de la calzada, ya que a esa hora no pasaban vehículos y la calle no tenía vereda.

La ruta serpenteaba, con matorrales a ambos lados y el sonido de un riachuelo a lo lejos. La Casa de Piedra era nuestro refugio, entre las altas quebradas de Pirque, más allá de las bodegas de Principal. Una cueva natural se formaba debajo de una inmensa roca circular, oculta por enormes y antiguos arboles retorcidos. La encontramos en una salida de las que siempre realizábamos.

Ya llevábamos un buen trecho de camino recorrido y nos acercábamos al bosque que antecedía al cementerio de Principal. — Crucemos por acá — Les dije, ya abriendo el portón para entrar al bosque que había delante.

La decisión fue aceptada de inmediato por todos y comenzamos a caminar por entre los oscuros y viejos árboles. Sintiendo bajo nuestros pies el pasto salpicado de agujas secas de los pinos, que crujían con cada paso. Muchas veces habíamos estado en este bosque, lo conocíamos bien de día. Pero de noche todo era diferente. Los árboles caídos, las hondonadas, los arbustos que salpicaban el terreno. Todo se veía como petrificado, de un color gris oscuro. Los pájaros que durante el día hacían sonar sus cantos alegres, se habían refugiado en sus nidos. Dando paso a las aves nocturnas, chunchos, queltehues y mochuelos, que con sus silbidos lúgubres hacían mirar cada sombra con cierta desconfianza.

Nos detuvimos un momento para encender unos cigarros y los observé en silencio. Recordando rápidamente como había conocido a mis amigos y compañeros. Cada uno llegó a mi vida en momentos que no serían una simple casualidad.

Observé a Richard bajo el fuego del encendedor y vino a mi memoria el recuerdo de aquella vez en que nos encontramos caminando de noche por la Alameda de Santa Rita, cada uno en la dirección contraria. Yo había salido simplemente a caminar. No recuerdo claramente si nos saludamos como era costumbre en el campo, pero sí que me pidió fuego, él tenía cigarros que yo no, y yo tenía un encendedor. Esa noche nos quedamos conversando hasta el amanecer.

Con Daniel, éramos amigos desde hace muchos años, desde que llegó a ocupar la casa abandonada que quedaba junto a la mía. Poco a poco fue reparándola y dejándola habitable. Me acerqué a su lado cuando vi que mi gran perro Aquiles había entrado a su patio y  Daniel le acariciaba la cabeza. Nunca había visto a mi perro comportarse tan dócil con un extraño, siempre lo había visto protector, receloso y hasta agresivo con las demás personas. Los perros huelen las malas intenciones y la maldad. Eso fue lo que me dio confianza para entablar una amistad que ha perdurado en el tiempo.

A Marco y Fernando los conocí peleando, no yo con ellos. Si no que ellos contra un grupo de unos diez delincuentes que querían asaltarlos. A pesar de la desventaja numérica se defendían tenazmente, como antílopes bajo el ataque de una horda de hienas. Se encendió en mi interior una furia incontenible y corrí para ayudarlos, salté en medio de los atacantes, golpeando con pies y puños, al que tuviera por delante. Un golpe, uno menos que caía al suelo inconsciente. Peleamos juntos con los que quedaban en pie, hasta hacerlos huir.  — Gracias — Me dijeron, aún jadeando. Un fuerte apretón de manos selló la amistad.

Carlos era amigo de ellos, a pesar de ser varios años menor, siempre estaba presente. En las largas conversaciones nocturnas. En las salidas y excursiones nos acompañaba y alegraba. Siempre había en él una sonrisa. Era como el hermano menor, querido y protegido de todos.